El secuestro en Latinoamérica: los ojos de la víctima
E-book de no ficción, coescrito junto a Marina Moreno, iniciado en 2004 y autoeditado en julio de 2008. Una investigación exhaustiva sobre la historia reciente del secuestro en América Latina, abundante en testimonios de varios países entrevistados especialmente.
Aunque el eje central del libro sea el caso del joven argentino Axel Blumberg, secuestrado y asesinado en 2004, incluye extensos capítulos sobre el secuestro en México, Colombia, Brasil, Venezuela, Perú, Bolivia, Paraguay, Chile y todos los demás países latinos.

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Argentina: crisis profunda, pero vinos cada vez mejores
Publicado en El Mundo en enero de 2003 (ver documento original)

Son éstos tiempos convulsos para la viña argentina, donde buenas noticias y malos augurios se entrelazan en una confusión no necesariamente mala, pero sí demasiado incierta. Cal y arena. Euforia y pavor. Eso sí, el vino está tremendo. Bienvenidos a Argentina, el país del que todos se quieren ir aunque no sepan ni lo que se pierden ni lo que les espera fuera. Primer punto: el 2002 ¿está medio vacío o medio lleno? Si tan terriblemente mal están la economía y la vitivinicultura, ¿por qué esas colas larguísimas frente al atestado Palais de Glace de Buenos Aires durante la exposición Vinos y Bodegas 2002, en el pasado mes de mayo? Sin duda este año será recordado como el del descalabro argentino, pero también como el de una de las mejores cosechas en un siglo. En lo que a vid se refiere, el pasado abril se recolectaron los mejores granos en diez años.
Por si la devaluación del peso a gran escala no era argumento suficiente para exportar, desde junio Argentina se incorporó al Nuevo Mundo Vitivinícola, del que ya formaban parte Estados Unidos, Canadá, Chile, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. El último escollo al acuerdo se superó tras la promesa de que se respetarán los “acuerdos preexistentes” del país andino con organismos como el Mercosur, que prohíbe prácticas como elaborar vinos a partir de mosto. Esto prácticamente libera a Argentina de sufrir trabas de tipo arancelario por parte de Estados Unidos, uno de los grandes destinos de sus vinos finos y mostos concentrados.
Precisamente de los pagos del Tío Sam y de otros más distantes llovieron galanterías hacia los vinos criollos en los mismos días del acuerdo. El sitio estadounidense Wine Lovers Page realizó una encuesta con cata interactiva incluida para saber cuál sería la próxima variedad de moda. Los 586 votantes eligieron al ariete de la viña argentina, el malbec, que superó por 13 votos al riesling. Pero ojo al dato: casi nadie habló de los malbec argentinos en el foro de opinión, sino que mentaban los californianos, chilenos, australianos e incluso franceses. Por más que los vinateros argentinos se ufanen en glosar la indudable enjundia y reciedumbre del malbec patrio, que consideran único en el mundo, parece obvio que falta una mayor presencia y promoción en el extranjero, algo en que sus vecinos chilenos fueron más rápidos.
Los norteamericanos tienen de vecinos a los canadienses, y estos sí se dieron por enterados durante las recientes Sélections Mondial Montreal 2002. Nada menos que 25 medallas se llevaron los vinos argentinos: un oro para el malbec 2000 de La Agrícola de la familia Zuccardi, cuatro platas y 20 Menciones de Descubrimiento para sus torrontés, syrah, malbec, merlot y cabernet sauvignon. Semanas atrás fueron los alemanes de la revista ‘Wein und Markt’ quienes reconocieron a otro noble argentino a la mesa, el syrah. En la ‘Guía de compras de syrah’ que publicaron concluyeron que los mejores vienen de Australia, California y Argentina, citando a Viniterra entre los productores ‘top’ de esta casta, y con otro detalle significativo: de los 143 vinos degustados, la nota más baja de un caldo argentino superaba holgadamente a la peor del resto de países.
Fantástico. Entonces, ¿cuál es el problema? Bueno, decíamos que Argentina vive un momento sumamente confuso, y la vitivinicultura no es ajena a las paradojas y vaivenes de una economía muy errática, ya vengan los puyazos de la dirigencia local o del FMI. Coincidiendo con el convenio con el Nuevo Mundo Vitivinícola arreciaron las disputas, dimes y diretes en torno de unos excedentes de uva que se quieren reubicar, aunque los principales actores (el Ejecutivo central, los gobiernos provinciales de Mendoza y San Juan, vinateros y entes como la Unión Vitivinícola Argentina o Bodegas de Argentina) no se ponen de acuerdo en cómo.
El problema saltó a la luz pública en junio cuando el titular de Economía de Mendoza, Gabriel Fidel, anunció el envío a destilación de 60 millones de litros que están en sus manos como garantía de préstamos. Pronto surgieron voces protestando por los 3,5 millones de pesos que les costará a los mendocinos descomprimir el mercado de esta forma. Por otro lado, se habló de bloquear los vinos a las bodegas que no cumplan con un cupo de elaboración de mosto acordado por las principales provincias viticultoras. Entre las amenazas de juicio de los bodegueros, peligrosos tiras y aflojas sobre la fecha idónea de liberación de vinos nuevos y otras medidas, hay temor a que el exceso de fiscalización y la falta de acuerdo lleguen a frenar el salto cualitativo que parecen estar dando los vinos de Argentina en los últimos años.
No está el horno para bollos, y menos aún en medio del nefasto descalabro del país. La devaluación del peso se quiso vender como un giro hacia la producción exportable en el campo argentino, pero las excelentes cosechas no bastan por sí solas. Sí, hoy quien exporta recibe más dinero por su producto, ganó cuando se le pesificaron las deudas que antes estaban uno a uno con el dólar, tiene mano de obra barata y los salarios aumentaron poco o nada. Pero artículos importados como la maquinaria y los repuestos le salen mucho más caros, y con el cúmulo de despropósitos bancarios las entidades se limitan a cobrar todas las deudas que se le ocurran, y sólo queda rezarle mucho a la Virgen de Luján para conseguir un crédito. Por no hablar del presumible efecto contagio de la crisis en países vecinos supuestamente estables hasta anteayer, como Chile, Uruguay y Brasil.
Al mismo tiempo que los productores intentan que la crisis no los devore (lo que inevitablemente les pasará a unos cuantos), resulta que según el Instituto Nacional de Vitivinicultura se vendió un 22,73% más de vinos finos en mayo de 2002 que en 2001, principalmente a Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Brasil, Paraguay, Alemania, Holanda, Canadá, Francia y Dinamarca. Aunque las exportaciones totales disminuyeron un 2,66% en volumen y un 4,02% en dólares respecto a mayo de 2001, los vinos finos suponen un 23% del volumen que salió al consumo.
Lo que sigue sin progresar desde una reunión informal en julio es el eventual acuerdo Argentina-Unión Europea que permitirá a los argentinos exportar más a Europa: ésta es –se suele olvidar con tanta mención del Nuevo Mundo-, de muy lejos, el mayor mercado mundial para el vino…
Septeto multimillonario, de Francia a los Andes argentinos
Publicado en El Mundo en julio de 2002 (ver documento original)

Algo debieron ver en Mendoza siete capitalistas franceses para animarse a desembolsar 50 millones de euros en el valle de Uco durante los próximos cinco años. Ahora que los argentinos viven saturados de malas noticias, los medios locales se hicieron eco de la primera vendimia de esta ambiciosa empresa llamada Clos de los Siete. Bajo ese nombre se agrupan siete fincas en el distrito de Vista Flores, 85 kilómetros al sur de la capital mendocina en el departamento de Tunuyán, a una altura media de 1.100 metros sobre el nivel del mar, bajo el límpido cielo mendocino y con las cumbres nevadas andinas de fondo. En la Finca Monteviejo inauguraron su primera bodega, y allí empezaron a recolectar sus primeras uvas finas el pasado marzo.
Coloquemos estas noticias en perspectiva. Pregunta uno: ¿Argentina es el Titanic? Respuesta: la pregunta ofende, y más hablando de vinos. Pregunta dos: ¿la crisis del país andino terminará con la vid argentina? Respuesta: a pesar de todo hoy se hacen allí mejores vinos que ayer, pero probablamente peores que mañana.
Ojo, no les será fácil: el quinto país del mundo en elaboración de vinos debe lidiar con los límites a operar con divisas, un marco legal en constante cambio y constantes trabas a la exportación. La vitivinicultura argentina no es ajena en absoluto a los bandazos de una política económica sin rumbo: ahí está la amenaza de cierre de muchas bodegas este año, muchas de las cuales nunca exportaron sus productos. Por otro lado, los viñedos argentinos terminaron en abril su mejor cosecha en diez años. Inversores británicos, franceses, suizos o españoles llevan más o menos ese tiempo adquiriendo hectáreas en Argentina con la mira puesta en exportar vinos top. ¿Acaso con la caída del peso en diciembre abandonarán terrenos que ya les salían rentables antes de la devaluación, cuando el ‘boom’ inversor revalorizó zonas hasta multiplicar su valor por diez?
Mientras los grupos extranjeros sopesan opciones, no dejan de posicionarse en el mapa vitivinícola argentino: principalmente en la provincia de Mendoza, a 1.200 kilómetros al oeste de Buenos Aires. Hace aproximadamente una década empezó a notarse más su presencia: llegaban atraídos por sus 300 días de sol al año, su amplitud térmica, escasas lluvias y la pureza de sus aguas subterráneas, por no hablar de costos o rendimiento. Siguen allí, parece que para largo, y no se andan con chiquitas para transformar ese potencial en realidad.
Ricos… riquísimos
La propietaria de Monteviejo es Catherine Péré-Vergé, dueña de la cristalería D’Arques y de varios châteaux en Burdeos, encabezados por el Ch. Montviel (Pomerol). La acompañan como socios en Clos de los Siete: François d’Aulan, ex propietario de Piper-Heidsieck y dueño hoy de Château Sansonnet (Saint-Emilion); Olivier Cuvelier, gran ‘négociant’ bordelés y propietario, entre otros, del Château Léoville-Poyferré; Laurent Dassault, de la familia propietaria de la fábrica homónima que que construye los aviones Mirage, y dueño también del Château Dassault en Saint-Emilion; el enólogo Michel Rolland, bien conocido por quienes de dedican al vino en Argentina y ‘padre’ de la iniciativa; la baronesa Nadine de Rothschild, propietaria de Château Mouton-Rothschild, y Philippe Schell, abogado de negocios y socio de Rolland. Casi nada…
Juntos adquirieron un total de 857 hectáreas, que es la suma de los viñedos de Altamira, Miraflor, Los Dassos, Rocaflor, Lindaflor, Primaflor y Monteviejo. Cada uno de ellos contará con su propia bodega y producirá sus propias etiquetas por separado; al mismo tiempo, con las mejores uvas de cada terreno elaborarán un vino ‘premium’ que saldrá al mercado con el nombre del grupo galo.
A mediados de marzo empezó a recolectarse el fruto de las primeras 107 hectáreas en producción, de las 300 que se implantaron a fines del 2001. Los vinos 2002 de Clos de los Siete se elaborarán en la bodega de Monteviejo: allí también se procesará la uva del resto de los socios mientras se prepara la construcción de sus instalaciones. Consistirá principalmente en malbec (56%), el buque insignia de las vides mendocinas, además de merlot (20%), cabernet sauvignon (12%), syrah (10%) y chardonnay (2%).
Edificar los 8.000 metros cuadrados de Monteviejo supuso un gasto de cinco millones de euros. Tiene capacidad para almacenar 1.500.000 botellas y sus tres pisos garantizan que únicamente se empleará la gravedad para la vinificación, desde la recepción de la uva hasta el llenado de las barricas. Que, por cierto, se mueven con ascensores.
Tecnología punta
Como en tantas otras cosas, la clave está en aunar tecnología actual con la tradición vinícola mendocina, la misma que empezó cuando los indios huarpes cosechaban dirigidos por los sacerdotes españoles hace más de 400 años. Para los aficionados a los datos brutos, ahí va parte de la receta francesa que aplican en Clos de los Siete para actualizar los viñedos en el Valle de Uco:
Se cosecha con cajas de plástico de hasta 12 kilos. Hay un doble sistema de selección manual de racimos y granos -más adelante planean trabajar con cuatro sistemas-, complementado por cachivaches como la clásica despalilladora y la menos clásica tabla vibradora para eliminar impurezas.
Al fruto de los viñedos en espaldera, con una densidad de 5.500 plantas por hectárea, se lo traslada en pequeños recipientes metálicos con capacidad de media tonelada (similares a los ‘ovis’ que Abadía Retuerta ha popularizado en España) a tanques para que sufra una maceración carbónica antes de hacerlo fermentar, y con ello obtener más color y aroma. Los tanques de acero inoxidable donde se colocan son de de 50, 80, 125 y 250 hectolitros. La capacidad de almacenamiento actual de Monteviejo es de cinco millones de botellas; una vez la uva ha pasado por los procesos habituales, el viño se añeja en roble francés entre 12 y 18 meses.
Se prevé que en cinco años Clos de los Siete estará funcionando a pleno pulmón. Difícilmente este septeto tire la toalla a corto plazo, por más sustos que le provoque la coyuntura argentina. Mucho menos después de haber desembolsado buena parte de la inversión. Habrá que seguir el rastro a lo que salga de empresas como ésta, y aprender algo de la rapidez francesa en meter los codos en territorios ajenos.
¡A la caza!
Publicado en Joy en octubre de 2002
Finca La Anita, la nueva elite del vino argentino
Publicado en El Mundo en mayo de 2002 (ver documento original)

Mientras recorre las 70 hectáreas de su pequeña bodega mendocina, Antonio Mas habla del vino con una sensatez que desarma al más pintado. También contribuyen a bajar revoluciones las primeras nieves de los Andes en el horizonte, el amarillo de las alamedas que rodean la finca, ese sol sin nubes a 1.000 metros de altitud y un sosiego de órdago. Para cuando llega el asadito al aire libre acompañado de productos de huerta ecológica -o biológica, o sana, o como se la llame: que sabe a huerta, vamos- después de degustar los estupendos vinos de Finca La Anita, uno siente que se equivocó de oficio, de domicilio y casi de árbol genealógico.
Casi, porque los hermanos Antonio y Manuel Mas son hijos de la provincia de Mendoza aunque su bisabuelo se vino aquí desde Badalona. Ambos se han propuesto, ahí es nada, elaborar los mejores vinos de Argentina. País que, ojo, es mucho más que una eterna promesa o los restos de lo que pudo ser. Hablamos de una potencia vitivinícola de padre y muy señor mío, que pegó un estirón cualitativo diez años atrás y hoy se pasea bien erguida por el mundo, por más crisis que la atenace, y por más mala promoción y peor desarrollo histórico que arrastre.
Antes de entrar al quite, un inciso coyuntural. Desde diciembre el mundo ya sabe que algunos argentinos son expertos en ignorar, desaprovechar o directamente echar por tierra los muchos dones y virtudes que abundan en su tierra. Bueno, que quede claro: los Mas no forman parte de ésos. Finca La Anita es más bien un brillante ejemplo de cómo pueden hacerse las cosas en la viña del país andino. Que, aunque está llamada a señorear en vinotecas y mesas de buen gusto al lado de sus pares europeas, norteamericanas, sudafricanas o australianas, hay que ver lo que le cuesta darse por aludida a veces. Pero, ¡albricias!, no es el caso de La Anita, que hasta en España hablan bien de sus caldos. Ah, sí, los vinos. Ahora sí, cambio de tercio.
Bodegas eran las de antes
Sólo por el viaje en avión la visita ya valió la pena. Por el aire la capital de Mendoza aparece al mismo tiempo que la imponente cordillera andina, enmarcando valles teñidos de verde gracias al esfuerzo del hombre en construir acequias para irrigar esta provincia de suelos secos y porosos. Media hora en auto con la ruta flanqueada por los susodichos cerros -porque en Argentina le llaman cerros a montañas con tres ceros de altura- lleva hasta la coqueta finca, mucho más reducida en dimensiones que sus colegas de la zona. Estamos en la región de Cuyo, constituida principalmente por las provincias de Mendoza y San Juan. Es decir, el corazón vitivinícola de América del Sur con permiso de algunas zonas de Chile, de donde salen tres cuartas partes del vino que se produce en Argentina. Que, por si fuera poco, es el quinto país del mundo si hablamos de producción.
La antesala del asado al aire libre fue un almuerzo con Manuel Mas en el restaurante Katrine de Puerto Madero, el nuevo barrio portuario a orillas del río de la Plata en Buenos Aires, con La Anita en las copas y un muy sabroso membrillo mendocino de postre. Conocer ‘in situ’ el quehacer de Finca La Anita y sus resultados, además de una gozada, equivale a echar un somero vistazo a la Argentina que ES -así, con mayúsculas- y será más aún, como bien saben los chilenos, japoneses, portugueses, holandeses, suizos, austríacos, ingleses y hasta españoles que invirtieron o se asentaron en la zona durante la década pasada. O los franceses que se llevaron sarmientos de malbec mendocino para injertar en su país no hace mucho.
Antonio pasea la vista por su finca flanqueado por dos perros en una espléndida mañana otoñal. Son poco más de las nueve y el sol ya da se filtra por entre los racimos de sémillon, malbec, merlot, syrah y tocai friulano. Cuenta Antonio que los viñedos están plantados de norte a sur precisamente para recibir más luz: “La espaldera es tradicional aquí. Antes había un sistema de parral: se hacía como en Borgoña, que tiene viñedos pequeños y muy juntos. La teoría era tener muchas plantas por hectárea, pero eso no es lo mejor en esta zona”.
Lo que sigue de ahora en adelante es una especie de manual erudito de la bodega boutique a la argentina, gracias al cual hoy La Anita es sinónimo de excelencia y un amor al detalle que en otros parecería rayano en la manía, pero que suena lleno de sentido en boca de los Mas. Más aún después de probar sus vinos, claro.
Antonio Mas trabajó varios años en la provincia de Río Negro, y es el enólogo de La Anita desde sus inicios. Afirma: “Estamos muy satisfechos de nuestra filosofía, que es hacer una gran selección del viñedo, un gran manejo de la uva y llegar a la bodega con una gran materia prima”. Tecnología avanzada, sí. Tradiciones europeas, cómo no. Pero nada de elaborar vino con uvas llegadas en camiones desde sabe Dios dónde, ni de etiquetar más botellas porque sí. Y Mendoza no será Burdeos, aunque los varietales de la zona de Alto Agrelo dan más de una sorpresa si se los cuida bien. Suena mejor cuando dice Antonio que, en La Anita, a cada tipo de uva “lo expresamos”.
Pero estábamos en la viña. La idea primordial es “no agregar nada que no haya dado la tierra a la uva”, aunque Antonio aclara que no cura el terreno con productos orgánicos sino minerales, como el azufre. El modelo es, según el sempiterno libreto de prolija presentación, el de las bodegas artesanales que desarrollaron en Mendoza los inmigrantes europeos -mayormente italianos y españoles- a fines del siglo XIX. Políticas erradas hicieron que en regiones como Luján de Cuyo primase la cantidad durante años. Hará un lustro que en La Anita bajaron drásticamente el rendimiento de los viñedos: allí mismo se hace la selección mediante varias podas en verde al año, un gran raleo de brotes y racimos y un riguroso control de uvas. Se suma un gran estrés hídrico, y 300 días de sol al año con una gran amplitud térmica hacen el resto.
La mora y la Biblia
Finca La Anita se elabora en tiradas o ‘cuvées’ muy limitadas y discontinuas. Si un año la uva no merece un diez, pues no hay Finca La Anita. Luna es el nombre de su segunda marca, aunque después de haberlos probado llamarlos así suena un poco cruel. Por su parte, Finca es un vino “de corte, grande, de raza”, y Cuarto de Milla nació de la amistad con la asociación homónima de criadores de caballos. Todas ellas etiquetas modestas, se entiende que sólo en cantidad. Lo que no impide que La Anita esté dando que hablar incluso en nuestro país, menos dado al vino argentino que, por ejemplo, Gran Bretaña u Holanda. Los distribuye Puerto Tamar desde Valencia, y ya tuvieron sendas presentaciones en Madrid y Barcelona, como bien sabe gente como el alcalde madrileño Alvarez del Manzano.
El sol empieza a notarse más y Antonio se explaya sobre la elección de la uva. “Optamos por clones regionales no por capricho: tienen una aclimatación en función del lugar donde están implantados y el modelo de cultivo. Eso nos interesó porque pensamos que había clones de gran valor enológico, pero que estaban un poco devaluados”. Lo primero fue elegir los idóneos, y eso “llevó a un proceso de reinversión en el viñedo con óptimos resultados, porque estamos descubriendo cosas que no esperábamos encontrar”. Cuando Antonio explica los tipos de uva que se cultivan en La Anita da gusto escucharle.
El primero es el malbec, el buque insignia de los vinos argentinos. En Francia se usaba para ensamblajes y en Mendoza fue un buen vino común, desapareció tras varias crisis por improductivo y cuando reapareció fue un descubrimiento para el mundo. ¿Y el malbec de La Anita? Antonio recuerda que, cuando la española Isabel Mijares contactó con su bodega a través del Instituto Nacional de Vitivinicultura, se sorprendió al descubrir inusuales toques de mora negra en su copa de malbec Finca La Anita.
La primera variedad tinta de la bodega fue la syrah, que ha ido creciendo en calidad tras varias pruebas. El syrah de La Anita tuvo tanto éxito que muchos hoy identifican la marca con el establecimiento. Una verdadera joyita es el alegre tocai friulano, pariente según algunos –sin prueba científica de ello- del riesling alemán que estaba en estos viñedos desde 1981. “Es una uva sumamente productiva pero se pudre muy fácilmente, y pasó a ser común. Se la cosechaba como al resto de uvas blancas, y cuando se hacía no había expresado todas sus características. Empezamos con pocas cantidades, y cada día nos piden más. No es una variedad conocida pero es cautiva del que la prueba”, cuenta Antonio. La familia se completa con dos clones de sémillon a los que habrá que estar muy atento, malbec, merlot, cabernet sauvignon, chardonnay y pinot d’Anjou.
No son los nobles y recios tintos (a Manuel Mas también le gusta mucho la palabra recio) ni los frutales blancos de Finca La Anita vinos que acaparen protagonismo, sino que se dejan beber la mar de bien con carnes rojas, caza -un conejo o una perdiz por su sitio- o incluso, como especifican los propios Mas, con una buena paella en la Barceloneta. Tampoco lo hacen a uno sentirse ebanista por un exceso de barrica: “La madera que damos a los blancos es del 15 al 20 por ciento del volumen total del vino durante seis meses. Todos los tintos pasan por madera, pero no por un año sino por períodos de 90 días, y después hacemos el ‘assemblage’”.
Fieles al detalle, los responsables de La Anita desinfectan las barricas con pastillas de azufre natural, y no filtran los vinos “porque somos muy celosos de los desborrres, tanto de las barricas como de los tanques. Si después al vino le queda algo de borra es problema del vino: no lo consideramos un defecto, sino una evolución bacteriológica”.
Ni una botella más
No siempre la vitivinicultura argentina tuvo este grado de refinamiento. En la segunda mitad de la década de 1960 hubo una expansión en el consumo que llevó a una gran expectativa. Una mala política llevó a primar las variedades criollas, de escasa calidad, y la cantidad, porque se pagaba por kilo de uva. Se plantó en zonas que no eran para viñedo y con variedades no aptas, y sólo en Mendoza llegaron a erradicarse 100.000 hectáreas de malbec. Al no invertir en tecnología de viñedo ni de bodega muchas estructuras terminaron obsoletas y se abandonaron, lo que degeneró en una gran crisis hacia 1985.
Tres años antes, Antonio recuerda que “un grupo visionario, creo yo, empieza a ver que cambian los hábitos de vida, que lo que aquí se hacía como vino fino realmente no lo era. Eso dio un estirón en los noventa, aunque mucho de lo que se incorporó no era bueno porque funcionaba en su lugar de origen, pero no aquí”.
El salto cualitativo de algunas bodegas argentinas en la última década y su reconocimiento en el exterior llevó en algunos casos a un lógico crecimiento que, para algunos, pudo ir en detrimento de la calidad. Los Mas insisten en sacar únicamente el vino que ellos consideren idóneo: unas ¡12.000! botellas al año. Cuando se instalaron hacia 1992 en la zona de Luján de Cuyo, optaron por cambiar la metodología de la época en el cultivo de la uva (“con todos los problemas que tiene la innovación”, añaden), y una mayor demanda no les hará cambiarla: “Es un camino largo y los resultados nos están dando la razón, nos dicen que vamos por el camino correcto. Pero no vamos a embotellar una botella más. Estamos exportando a Estados Unidos, España, Alemania o Suiza, y notamos que hay una comprensión de por qué hacemos las cosas así”.
Dos días atrás terminaba la vendimia en Finca La Anita, y la opinión general entre enólogos y especialistas mendocinos es que la cosecha de este año ha sido la mejor de los últimos diez años, con una gran insolación y las precipitaciones justas. Nada que ver con el año del fenómeno El Niño, cuando de los 170 milímetros de lluvia que caen normalmente en otoño se pasó a 340 tan sólo en febrero. Esa vez optaron por volcarse en Luna, su segunda marca, “aunque no salió tan mal: nos pidieron más y optamos por producir con viñedos nuevos”. Actualmente, 55 de las 71 hectáreas de La Anita están en producción, y unas diez más están recién plantadas.
Para hacerse una idea del afán perfeccionista de los Mas, nada mejor que las palabras de Antonio cuando anticipa que este año es el primero que en Argentina se extrae una levadura autóctona para una variedad: “El año pasado se extrajeron cepas de una levadura indígena, de malbec, se sintetizaron en Canadá y se han traído a esta vendimia para probarlas por primera vez, no a nivel experimental sino de bodega. La primera bodega que eligieron fue la nuestra. Funciona de manera diametralmente opuesta al resto de levaduras, y está dando unos aromas primarios demasiado interesantes. Hubo que hacer estudios, porque se necesita un muy buen clon y un buen manejo para probarla en bodega”.
Sémillon, tocai, syrah
Completada la visita a los viñedos y la bodega, por fin le llega el turno al vino. Nos trasladamos a salita adornada con un par de tallas de santos cuyanos del siglo XIX, una afición de la madre de los Mas. Al lado, Antonio posa en la portada de alguna revista extranjera. Empezamos por el chardonnay 2001, que cultivan desde hace casi ocho años y ya va por su cuarta cosecha: “Lo seleccionamos y multiplicamos, y no estamos arrepentidos”. Lleva cuatro meses en depósito y será envasado en unos meses sin haber hecho la maloláctica.
Le sigue un mayúsculo sémillon del mismo año que también está por salir, de 15 grados y con pomelo y miel en la nariz. Mucho ojo con el sémillon de La Anita. El tercero es un ensamblaje de sémillon con chardonnay que es el Finca 2000, de olor intenso, color cobrizo y madurado individualmente. El syrah 99 que dio a conocer las bondades de Finca La Anita es el siguiente. Antonio comenta que antes terminaba como el tocai friulano, mezclado con otros, y con las añadas ha ido creciendo. Le siguió un malbec del 99 y un curioso ensamblaje 99 elaborado de manera individual “como hace 40 años”. Terminamos con el atrapante tocai, que soportó durante años la indignidad de ser cosechado en verde, mezclado con riesling y terminar como vino de postre. Pero este tocai no es postre ni segundo plato de nadie: el friulano de La Anita es todo un señor, y como tal hay que tratarlo.
Releyendo el artículo parece todo muy bucólico, pero no lo es. Si bien la devaluación del peso ha hecho mucho más accesibles los precios de vinos como los de Finca La Anita, también es cierto que artículos como los repuestos o la maquinaria importada se encarecieron mucho, y la incertidumbre reinante en el sector no ayuda precisamente. Los Mas son conscientes de la situación del país pero tampoco se quejan de cómo les va. Lo que tampoco están dispuestos a hacer es bajar de perfil, lo que tampoco significa construirse un pedestal inalcanzable para el resto de mortales. Insistimos: una de las mejores virtudes de los vinos de La Anita es que, pese a su extraordinaria calidad y su riqueza de matices, no dejan de ser -dicho sea sin ningún menosprecio- muy terrenales, tan airosos en una buena mesa como en una degustación ‘top’ para iniciados VIP con exigencias ‘premium’. Que el buen vino no es cosa de museólogos, y eso se hace una verdad palmaria cuando La Anita expresa toda su franqueza frutal y esos matices que le regala la viña.
Termina el almuerzo al sol y charlamos de muchas cosas más, grabadora aparte y con algún resto de ecohuerta en la encía. Finca La Anita no hace visitas guiadas: durante un tiempo mostró sus instalaciones a quienes se acercaban hasta que los grupos de jubilados y curiosos preguntando dónde estaba el baño les entorpecían el trabajo. Sí han pasado muchos especialistas de varios países y gente del ramo, y han salido entusiasmados.
Dicen que los perros se parecen a los amos, y después de conocer la bodega de los Mas uno aventura que sus vinos les salen así por el mismo sentido común y empeño con que se aplican en ellos. Si hay algún secreto en los vinos de La Anita sería hacerlo todo en su medida, fiel a la calidad de uva salida del viñedo. Equilibrio es la palabra. Como explica Antonio, “tratamos que no haya una variante que predomine sobre las otras, porque cualquier desequilibrio desenmascara el proceso de producción de uva, que es lo que queremos. Hay que premiar el esfuerzo que se hizo flor en el terruño”. Qué gran palabra para terminar, terruño.
Algunos datos
País: Argentina
Región: Mendoza (Alto Agrelo)
Dirección: C/Cobos s/n, Agrelo, Luján de Cuyo, Mendoza. También en Av. del Libertador 260 16º. B, 1001 Buenos Aires.
Teléfono: En Mendoza, (00 54) 0261 15560 2750. En Buenos Aires, (00 54) 11 4325-4489.
Fax: (00 54) 11 4328-6402.
Correo e: admin@fincalaanita.com
Fundación: 1992
Propietarios: Antonio y Manuel Mas
Enólogo: Antonio Mas
Viñas: 70 ha.
Vinos: Finca La Anita, Finca, Luna, Cuarto de Milla
Distribuidor en España: Puerto Tamar, S.L.Trinitarios 15, piso 2, puerta 4, 46003 Valencia. Tel. 96 392-5096. Fax 96 391-9966
Enlaces Relacionados:
O. Fournier: hacer vino a la vez en Mendoza y Ribera del Duero
Publicado en El Mundo en junio de 2002 (ver documento original)

TEMPRANILLO A DOS BANDAS
En Argentina se juega al truco. En Burgos, al mus. Ni uno ni otro son para cualquiera. El avezado en el truco o en el mus caracolea por una maraña de reglas, códigos, guiños y picardías que ahuyentan a más de un novato. El mus no se domina jugando en los ratos muertos; y pobre del que se las dé de tahúr en el truco con argentinos en la mesa. Pero una vez ha aprendido a defenderse, ¿qué jugador de cartas exigente no hace un hábito de sus partidas? Bien pensado, a unos parientes de don Heraclio Fournier (sí, el de los naipes) no les debió resultar difícil cambiar palos de baraja por cepas. Ahora, de ahí a irse a cosechar tempranillo en Mendoza y pretender hacer lo propio en Ribera del Duero hay un buen trecho. O un buen envido…
“En Burgos decimos que hay dos estaciones: la fría y la de tren. Bueno, pues aquí es lo mismo”, comentan Natalia Ortega Gil-Fournier y su esposo vasco José Luis Buesa desde el valle de Uco mendocino. Allí se instalaron dos años atrás para gerenciar las novísimas Bodegas y Viñedos O. Fournier. ¿Su meta? Para el hermano de Natalia y presidente de las bodegas, José Manuel Ortega, nada menos que “hacer una de las tres mejores bodegas de Argentina”. Su apuesta inicial: un inusual tempranillo con vocación de exportación, que va por su segunda vendimia y estará a la venta a partir de octubre.
¿Farol o coraje burgalés? Primer acto: en un hotel de Buenos Aires, José Manuel recuerda el grito que dio en el avión en marzo cuando leyó que Jancis Robinson citaba su tempranillo entre los 15 vinos argentinos recomendados por el ‘Financial Times’. Afirma que en O. Fournier apuntan a “un segmento alto que no trabaja con castas más famosas sino con las ideales en la zona, como el tempranillo. El Valle de Uco es parecido a la zona de Toro o Ribera del Duero, y cuando llegamos pensamos que iba a explotar en cuanto a calidad”. Ricard Raventós, de Codorniu, les contactó con José, enólogo mendocino que trabajó en los inicios de las bodegas Altavista, y en el 2000 compraron tres fincas al pie de los Andes. En total suman un total de 286 hectáreas, de las cuales casi un centenar ya están plantadas.
Segundo acto: Natalia y José Luis supervisan el fin de la vendimia a 1.100 metros de altitud, con las primeras nevadas en los Andes de marco ideal. No es el tempranillo la uva predilecta de los argentinos para elaborar vinos finos, ni siquiera de las más extendidas. En la provincia de San Juan, vecina a Mendoza, sólo una bodega se ha animado hace poco. Los Ortega Gil-Fournier le echaron el coraje y la coherencia que exige un buen vino, y están entusiasmados con los resultados: un tempranillo concentrado, de color intenso, persistente en boca, altivo pese a su juventud, con ligeras aportaciones de malbec y merlot (otra sorpresa que, para su enólogo, “madura muy bien y tiene un color bellísimo”).
El tempranillo de O. Fournier apunta maneras de tener una excelente maduración en roble gracias al cuidado en el viñedo. Su vino ‘top’ tendrá 18 meses de barrica nueva cada año y 12 de botella, contra 12 de barrica y seis de botella para su segunda marca. Técnica y método se cuidan al detalle en la selección de uva, despalillado, fermentación, prensado y guarda, con especial cuidado en la elección de proveedores. La inversión total será de ocho millones de dólares, de los que ya se desembolsaron dos. Este año el actual emplazamiento provisional dará paso a una bodega de última tecnología con capacidad para 600.000 litros, cava subterránea, laboratorio para microvinificaciones, hotel y restaurante.
Los Ortega Gil-Fournier tienen bien claro que el vino no miente. Suplen su poca experiencia con rigor, detallismo y un gran sentido común al aplicar normas de calidad (desde la elección de uva al manejo de viñedo), y no le atan las manos al enólogo. Todos los implicados coinciden en que la suya es una modalidad de trabajo seria y a largo plazo, que empieza a dar sus primeros resultados. El día a día de trabajo en La Consulta venció las reticencias iniciales hacia los ‘gallegos’, como llaman a los españoles. Esto implicó cosas como asumir las deudas de algunos productores, pagar al día pese al ‘corralito’ bancario que rige en Argentina desde diciembre, negociar precios por hectárea en vez de por kilo de uva y ser tomados por locos cuando hicieron el primer raleo en verde.
Aunque su objetivo es autoabastecerse, este año la uva de los viñedos no irá al vino, sino que se empleará el de siete fincas cercanas con quienes trabajan de forma personalizada y con un seguimiento continuo, para dosificar riesgos en una zona de heladas y granizo. Los planes para el futuro son muchos, siempre sujetos a obtener mejoras constantes: promover el intercambio no intrusivo entre enólogos argentinos y españoles, apuntar a los mercados español, británico, alemán y norteamericano, cumplir con el objetivo de 500 a 600.000 litros por año y elaborar vino en Ribera del Duero a partir de septiembre. El resto saldrá de los pedregosos suelos del valle de Uco. Esta zona, como otras de Mendoza, lleva una década aproximada viviendo un auge de la inversión extranjera que la crisis actual no detuvo, a pesar de amenazarla muy seriamente.
Como apunta José Manuel, a medida que se borre el estigma de que Argentina es un país apestado vendrá más gente atraída por los precios y el tremendo potencial de estas tierras, a las que ya echaron el ojo franceses, suizos, italianos, británicos y otros. Su trabajo en la banca obliga a José Manuel a viajar a menudo a Argentina, y deambula entre visitas a viñateros argentinos, ‘masters’ de enología en Logroño y reuniones en Madrid o Italia. Se introdujo en la vitivinicultura por olfato y convicción, y sabe que la excelencia no llueve del cielo, sino de exigirse el máximo en su labor. No le asusta el reto, porque “el negocio del vino te engancha, es muy distinto a los que hay por ahí. Aquí he metido mis ahorros, a mi hermana, mi cuñado… Cuando hago algo me gusta hacerlo bien, y como digo, no me gusta perder ni a las canicas”. En vista del más que prometedor tempranillo que hasta ahora salió de sus barricas, mejor no descartarse.
Bodegas y Viñedos O. Fournier
Dirección: C/Los Indios s/n, 5567 La Consulta, Mendoza (Argentina)
Teléfono: (00 54 2622) 451579
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Empleado de banca: una profesión de alto riesgo
Publicado en El Mundo en mayo de 2002 (ver documento original)
Cuando Oscar Mira vio a los ahorradores golpeando las chapas que protegen el frente de los bancos en la calle Florida de Buenos Aires, sintió «verdadero pánico». Oscar es tesorero del Banco de San Juan, y desde que en diciembre entró en vigor el corralito que impide a los argentinos retirar su dinero de los bancos, asegura que padece «la constante presión de la gente. Al principio no entendían y se enganchaban con un empleado, pero la culpa no es de él, es del sistema. Él da la cara y no puede hacer nada».La semana pasada, una clienta desesperada se prendió fuego frente a un banco. Hace cuatro días una bomba casera estalló en una sucursal del Banco Francés-BBVA a una manzana del shopping porteño del Abasto dejando un montón de panfletos de recuerdo. Horas después, los trabajadores bancarios protestaron en las embajadas de España y Canadá por el reciente cierre del Scotiabank canadiense y los rumores de que entidades españolas se irán en breve.
«Atendemos a tres veces más clientes con tres veces menos personal», afirma Oscar. En diciembre rompieron vidrios e incendiaron cortinas en el Banco de San Juan durante una protesta, y desde entonces está protegido con una cortina metálica. Lo mismo hicieron otros bancos del centro financiero de Buenos Aires, recubiertos de planchas metálicas que sus clientes abollan y agujerean con saña cada semana.
El estruendo afuera y las discusiones con los clientes adentro provocan insomnio, estrés e irritabilidad a quienes trabajan allí. Algunos bancos han puesto atención psicológica y líneas telefónicas de apoyo a sus empleados. «Atiendo por un agujero en el vidrio, y el otro día con una clienta tuve el impulso de sacar el brazo y engancharla por el cuello». En febrero recibió un culatazo de varios ladrones que asaltaron su banco y el de Santa Cruz. «Le pegué a uno y me dejó seis puntos en la cabeza.Me la cosieron, volví y seguí hasta que en una semana me reemplazaron».
Afirma Oscar que «la gente sigue muy nerviosa, como los que que necesitan sí o sí sacar su dinero». Algunos lo logran tras conseguir una sentencia judicial favorable («agarrada con pinzas», dice él, que duda de su legalidad) y ocupan los bancos acompañados de abogados e incluso con sopletes para abrir la caja fuerte.El miércoles, un matrimonio de jubilados pasó 11 horas frente a una entidad.
Hoy la mayoría de trabajadores de banca trabaja más horas y en peores condiciones. El sindicato de bancarios estima que 1.200 colegas perdieron su trabajo este año, y podrían perderlo unos 30.000 del total de 100.000 que hay en Argentina.
Buenos Aires, la fragua de un milenio abollado
Publicado en El País y en Arquitectura Viva en mayo de 2002 (ver documento original)
Se agrava la recesión argentina y su orgullosa capital se abarata en más de un sentido. En los últimos meses, la ciudad viene replanteándose su existencia entre el ruido de cacerolas y sobresaltos, que fracturan el paisaje urbano y humano. Desde el hemisferio opuesto, el Buenos Aires que estalló el pasado diciembre resume y augura tanto para el mundo como el Nueva York de septiembre.
Las diez manzanas peatonales de la calle de Florida tienen un aspecto insólito este año. Las entradas de muchos bancos están blindadas de arriba a abajo, algunas hasta el primer piso. Planchas metálicas cubren puertas, ventanas y fachadas igual que en un búnker o una garita, con una abertura mínima para clientes y empleados. Los primeros las golpean hasta abollarlas cuando el banco les impide sacar sus ahorros; los segundos padecen insomnio y estrés por el ruido de los golpes, las manifestaciones frente a las ventanillas y las horas extras que llevan trabajando desde diciembre.
Los turistas se sacan fotos junto a las abolladuras. Decir Florida en Buenos Aires es como decir las Ramblas en Barcelona, y no se van a ir sin su paseo típico. En esta calle se escuchó por primera vez el himno argentino y funcionaron el primer teléfono y el primer ascensor del país. En la esquina de Florida y Sáenz Peña está desde 1924 el Banco de Boston, el más fotografiado, con sus detalles renacentistas y platerescos en la entrada y su enorme linterna. En febrero, altos cargos del Boston admitieron que posiblemente la entidad se irá del país. La mayoría de bancos extranjeros piensa lo mismo, acorralada entre las denuncias de clientes que colapsaron tribunales y las de jueces que investigan la monstruosa fuga de capitales ocurrida desde el ‘corralito’ financiero de diciembre. Argentina despidió el 2001 desplomándose, y su capital -cabeza desproporcionada de una nación con el cuerpo inerte y descuidado- acaparó simbólicamente el protagonismo que ya se había otorgado el Nueva York del 11-S para el fin del milenio. El último titular al respecto lo soltó en abril el politólogo Alain Touraine, afirmando que Argentina no existe como país porque no produce, y vaticinando un destino similar para Europa. El terror global también se anticipó varios años en Buenos Aires, con el atentado a la Embajada israelí y la voladura de la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina) en 1994.
Hay otra conexión con la tragedia neoyorquina. Junto a la City porteña, donde la capital casi toca el río de la Plata, también abundan los rascacielos, y si algo les sobra es simbolismo. Florecieron durante la década pasada en pleno festín menemista. Petroleras, telefónicas, aerolíneas y otras compañías estatales solventes fueron primero privatizadas y luego desangradas, mientras las corporaciones se aseguraban enormes beneficios por contrato a cambio de sobornos y se instalaban junto al río. Telecom, dueño de uno de los edificios más emblemáticos, se declaró en default el pasado abril.
Ahora no pocos ejecutivos que trabajan en la zona tienen a sus familiares en el vecino Uruguay por temor a un estallido social, y hay embarcaciones listas para trasladarlos en cualquier momento. O helicópteros para escapar de la sede de Repsol-YPF, cerca del Banco de Boston. Igual que el 20 de diciembre último, cuando el presidente Fernando de la Rúa salió volando del techo de la Casa Rosada tras firmar su dimisión mientras en la plaza de Mayo morían varios manifestantes.
Entre el río y las sedes acristaladas de Microsoft, Telefónica y otras multinacionales está el antiguo puerto de la ciudad. En 1989 se empezaron a restaurar sus centenarios depósitos de mercancías, ejemplo de arquitectura industrial inglesa, con ladrillos, grúas y vigas a la vista. Unos 1.900 millones de dólares después nacía Puerto Madero, el barrio 47 de Buenos Aires, rápidamente ocupado por restaurantes, bares y empresas. Si antes de la devaluación y el ‘corralito’ ya era un lujo tomar algo allí, hoy está aún más desangelado, a pesar del Puente de la Mujer (obra de Santiago Calatrava inaugurada el año pasado), del nuevo hotel Hilton donde se rodó la película Nueve reinas y de la creciente edificación de las 90 hectáreas que se extienden entre los diques y la reserva ecológica Costanera Sur.
El resto de la inmensa cuadrícula porteña vive pocas alegrías urbanísticas a gran escala últimamente, salvo la apertura del Museo de Arte Latinoamericano (Malba) o la reconversión de espacios del barrio de Palermo en restaurantes, tiendas, bares y galerías de arte. La Bienal de Urbanismo que debía celebrarse en marzo se suspendió, y las incontables joyas arquitectónicas porteñas no son ajenas al desánimo y la tensión que padecen los argentinos, en la peor crisis de la historia de un país que soporta sacudidas similares cada diez años. El Centro Cultural San Martín, obra clave de 1960, se deteriora sin remedio. La misma Casa Rosada lleva años a medio repintar porque se equivocaron de color y no hay presupuesto. Durante los periódicos cacerolazos, grupos de personas entraron en el Congreso y el Cabildo destrozando mobiliario y reliquias históricas, y pintando el frente de la catedral. Ante las habituales manifestaciones, la solución ha sido vallar todo lo vallable. De la contaminación visual en las calles y el deterioro de muchos edificios y barrios, mejor no hablar.
Pero los turistas siguen llegando a Buenos Aires atraídos por la devaluación del peso. Hacen bien, y que dure: la ciudad necesita divisas, no está en armas como el 20-D y hay mucho bueno por conocer. Realmente vale la pena pasear por el centro, San Telmo, Palermo, La Recoleta o Belgrano para alguien que disfrute con la arquitectura, al igual que dejarse cautivar por el resto de Argentina. Por eso mismo resulta tan aparatosa en el exterior esta crisis: por el contraste con una tierra y un pasado prósperos hasta la ostentación, cuando a Argentina la llamaban el granero del mundo, recibía a miles de inmigrantes hambrientos cuyos nietos hoy hacen cola en las embajadas y era la más solidaria con quienes ahora se compadecen de ella, caso de la España de la posguerra. Visto desde dentro, el desbarajuste político, financiero, jurídico, institucional, social, moral y por añadidura arquitectónico que acogota a Argentina y a Buenos Aires no pone al país andino al nivel de Bolivia o la India, por poner dos ejemplos: aunque las calificadoras de riesgo colocaran al país en el primer puesto mundial por encima de Nigeria en 2001. Esta crisis se antoja más dolorosa y cercana porque ilustra dramáticamente el miedo al abismo de los favorecidos en la sociedad global.
Hoy Buenos Aires y su conurbano acaparan un tercio de la población del país, y casi la mitad de sus habitantes vive por debajo del nivel de la pobreza. La Capital Federal es engullida geográfica y económicamente por su periferia. No lejos del aeropuerto internacional de Ezeiza, no es difícil reparar en otro simbolismo no por manido menos flagrante: las extensas villas de miseria rodeando chalés ajardinados, con piscina, y separadas de éstos por un simple muro. Una sensación similar a cuando se sobrevuelan los pueblos jóvenes de Lima o las favelas de São Paulo y Río de Janeiro, con una paradójica diferencia: para Touraine, Bush y el FMI, Brasil hoy no es motivo de preocupación. Una vez más, el urbanismo desmiente a la macroeconomía.
Conocer San Juan, 'número 2' de los vinos de Argentina
Publicado en El Mundo en marzo de 2002 (ver documento original)

Pasar de ser un potencial gigante turístico y vitivinícola a convertirse de golpe en una inmensa cacerola no es nada bonito. Hoy Argentina es la primera Cenicienta del milenio por culpa de su crisis, y le llevará tiempo revertir en el exterior una imagen que está hecha unos zorros desde diciembre. Turistas y amantes del buen vino pueden desempeñar un papel clave en esa anhelada y difícil recuperación: no en vano el año pasado las exportaciones de vino crecieron allí un 11%. Y por algo los argentinos acaparan premios de Londres a Las Vegas. Viajar a Argentina ya sale mucho más barato, y provincias de tradición vinícola como San Juan esperan a quienes quieran admirarse de su geografía, su cultura y los vestigios de un pasado tan inabarcable como sus paisajes.
A quienes los muy turísticos viñedos californianos les recuerden demasiado a la teleserie ‘Falcon Crest’, los inmensos y vírgenes Andes argentinos les encantarán. En la región de Cuyo hay valles óptimos para el cultivo como los de San Juan, la segunda provincia en superficie de viñedos después de su vecina Mendoza y mucho menos conocida, pese a tener carácter propio y producir una parte importante del vino que sale del país de Saviola y Solari. Claro que San Juan exporta muchos más jugadores de hockey sobre patines que futbolistas, como los aficionados españoles bien saben.
Hasta un abstemio quedaría encantado con el diáfano cielo sanjuanino, un regalo para astrónomos y una bendición para los viñateros que se instalaron en sus valles: Tulum, Zonda, Ullum, Jáchal, Iglesia y el Valle Fértil, enmarcados por los áridos faldeos de la precordillera andina y regados por los ríos Jáchal y San Juan. Allí se dan algunos vinos de excelentes cualidades y con un potencial nada despreciable.
La moderna y agradable capital de San Juan se alza a 650 metros sobre el nivel del mar, el mismo que inundaba la región millones de años atrás. La rodea el valle de Tulum, el más extenso de la provincia y donde se concentra la mayor parte de bodegas y viñedos. La ciudad, surcada por calles arboladas, fue reconstruida tras un terremoto en 1944 y aún conserva construcciones coloniales como la casa natal de Domingo Faustino Sarmiento –el padre de la educación argentina, algo así como el Benjamin Franklin de Sudamérica-, hermosos parques y varios museos de arqueología muy interesantes.
La vocación de San Juan empezó cuando Juan Jufré (también fundador de Mendoza), después de cultivar viñedos en España, la bautizó como San Juan de la Frontera en 1562. Las provincias de Mendoza y San Juan deben su prestigio vitivinícola a la ola inmigratoria que impulsó el cultivo de vid a partir de 1850. Los mendocinos descienden mayoritariamente de italianos, mientras que San Juan acogió a muchos andaluces, valencianos y unos cuantos árabes. Basta sumarle unas recias aceitunas sanjuaninas o el curioso amontillado de cepas jerezanas local y el ‘flashback´ ibérico está garantizado. Para deshacerse de él, nada como el recio chivito asado o las empanadas, que cada provincia argentina prepara a su manera.
En el departamento de Pocito se encuentran las bodegas Graffigna. Las más tradicionales de San Juan, fundadas en 1860, recientemente adquiridas por Allied Domecq y cuyos vinos nobles se exportan con éxito. Otras bodegas grandes y pequeñas -Saint Remy, Viñas de Segisa, Cordero Hermanos, Fabril Alto Verde, Peñaflor, Resero, Borbore, Putruele y otras- también elaboran más o menos vinos finos, aunque los blancos aromáticos y afrutados y los buenos tintos de San Juan tienen mucha menos presencia en el mercado que los de Mendoza, amos y señores de la vitivinicultura argentina.
Un sol radiante casi todo el año, amplitud térmica y un clima seco favorecen en San Juan el cultivo de numerosas castas blancas y tintas: syrah, cabernet sauvignon, merlot, chenin, bonarda, sauvignon blanc, torrontés… Sin desmerecer los poderes del resto, el intenso syrah sanjuanino parece perfilarse como el distintivo de la provincia en cuanto a vinos de calidad.
Como en toda Argentina, San Juan cultivó mucho e indiscriminadamente hasta la segunda mitad de la década de 1970. Tras la caída del consumo global y la reducción drástica de viñedos, la modernización de la industria vitivinícola fue larga y difícil. Sin embargo, los últimos diez años algunos vinos finos de San Juan están recorriendo el mundo con la cabeza bien alta. Y zonas nuevas como El Pedernal apuntan maneras aristocráticas desde 1994 con sus chardonnay, merlot, malbec o sauvignon.
En el flanco de la montaña
Sólo por conocer la única bodega de Sudamérica excavada en la montaña ya vale la pena el viaje. Las hermosas Cavas de Zonda están a 600 metros de altura y 15 kilómetros de San Juan, y en ellas reposan botellas de un fresco y ligero espumoso salido de las bodegas Cordero Hermanos. Su origen se remonta a 1928, cuando inmigrantes yugoslavos dinamitaron los cerros de la Quebrada de El Zonda y cavaron túneles en siete niveles. El zonda también es el cálido viento cuyano, temido por quienes se dedican a la vid y por los que no.
El problema con el vino en San Juan es el mismo que con el turismo: sus enormes atractivos son poco conocidos y están menos desarrollados de lo que merecen. Entre las cinco o seis postales típicas que tienen en la cabeza los turistas extranjeros que visitan Argentina está la imagen del Parque Provincial Ischigualasto, más conocido como el Valle de la Luna, a 330 kilómetros al noreste de la capital. Vale la pena llegar hasta esta sobrecogedora depresión de 50 kilómetros de largo llena de caprichosas formas rocosas modeladas por la erosión, que alberga el mayor yacimiento mundial de dinosaurios del período Triásico.
Pero San Juan no se reduce a la maravilla geológica de Ischigualasto, ni a los huesos del eoraptor o el herrerasaurus . Entre las barrancas desérticas del Valle de la Luna y los 6.770 metros de nieves eternas del cerro Mercedario, cerca de Chile, hay serranías, caminos de alta montaña, centros termales, ríos, diques y, sobre todo, grandes e imponentes espacios. Ante tamañas extensiones vírgenes no es de extrañar que San Juan sea pionera en el turismo de aventura y el cultivo de vinos orgánicos.
Recorrer los oasis serranos de Valle Fértil de camino a Ischigualasto es la perdición de cualquier fotógrafo. Calingasta y Barreal, al oeste de la capital, ofrecen múltiples excursiones por picos de más de 5.000 metros, valles, reservas, ríos para pescar salmónidos, sitios arqueológicos y sorpresas como la planicie de El Leoncito, que alberga competiciones de carros a vela. El norte es cuna de las tradiciones sanjuaninas: los pueblos de Jáchal e Iglesia, las termas de Pismanta, sus alamedas, capillas y telares. E irse de San Juan sin interesarse por los vestigios y creencias de los extintos indios huarpes o las culturas de Ansilta o Angualasto es como guisar sin sal, o comer sin vino.
Por supuesto, el acogedor pueblo sanjuanino no es en absoluto ajeno a la gran crisis que padece Argentina. El turismo enológico y gastronómico, o el turismo a secas, aún necesita un desarrollo más eficaz y unos servicios de calidad a la altura del enorme potencial que encierran. La segunda provincia con más tradición vitivinícola argentina sigue siendo una gran desconocida, y cuando el giro hacia la excelencia en sus vinos empieza a dar frutos se ha topado con un desastre institucional y económico a escala nacional. Sin embargo, o justamente por ello, dar a conocer esta tierra y apreciar sus vinos se perfilan como actividades que necesitan un empujón casi tanto como lo merecen.
Más información
Dirección Provincial de Turismo de San Juan
Cómo llegar
La provincia de San Juan está a 1.152 kilómetros al oeste de Buenos Aires. Aerolíneas Argentinas realiza vuelos desde la capital argentina.
Bodegas
Santiago Graffigna. Colón Norte 1342, San Juan. Tel. (00 54 0264) 421-4227/4905/4897. Fax (00 54 0264) 421-0669.
Cordero Hermanos. Ruta Provincial 12 km 15, Rivadavia. Tel. (00 54 0264) 497-2148 y 497-2174.
Fabril Alto Verde. Acceso Sur entre calles 13 y 14, Pocito. Tel. (00 54 0264) 421-2683 / 423-8548. Fax (00 54 0264) 421-1828.
Peñaflor. Rawson y Colón s/n, San Martín. Tel. (00 54 0264) 497-1060. Fax (00 54 0264) 497-1060.
Viñas de Segisa. Aberastain y Calle 11, Pocito. Tel. (00 54 0264) 492-1807.
Dónde dormir
Hotel América. 9 de Julio 1052 este, San Juan. Tel. (00 54 0264) 421-4514/427-2701/427-2702. Fax (00 54 0264) 427-2692.
Hostería Valle Fértil. Rivadavia s/n, Valle Fértil. Tel. (00 54 02646) 42-0015/0016/0017.
Alkazar Hotel. Laprida 82 este, San Juan. Tel. ( 00 54 0264) 421-4965/4966/4967/4968. Fax ( 00 54 0264) 421-4977.
Viñas del Sol. Ruta 20 y Gral. Roca, San Juan. Tel. /Fax (00 54 0264) 425-3921/3922/3923.
Diccionario de una crisis
Publicado en El Mundo en enero de 2002 (ver documento original)
Arbolito: persona que cambia pesos por dólares ilegalmente, plantada en la calle (de ahí su nombre). Reaparecieron esta semana ante el feriado cambiario.
Argentino: moneda paralela que iba a emitir el Gabinete de Rodríguez Saá, que renunció a los ocho días de asumir las labores de gobierno.
Cacerolazo: ruidosa forma de protesta callejera. Logró la renuncia del Gobierno de Fernando de la Rúa, y se ha repetido con Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde.
Cambio libre: el gran miedo de los argentinos tras una década de equivalencia entre peso y dólar. Entró en vigor el pasado viernes.
Chiche: juguete. También es el apodo de la esposa del presidente Duhalde y nueva ministra de Desarrollo Social. Los juegos de palabras al respecto cotizan más que el dólar.
Clearing: movimientos y operaciones de los clientes de una entidad bancaria en un día laboral. Se habla de «falta de clearing» para designar los días que los bancos no abrieron, o lo hicieron parcialmente, con los lógicos atrasos en pagos y cobros.
Coima: soborno. Práctica demasiado común en políticos, empresarios y sindicalistas argentinos.
Convertibilidad: a lo largo de una década, mantuvo el peso al mismo valor que el dólar. Su fin llegó con la salida del ministro de Economía Domingo Cavallo, su creador e impulsor, en diciembre, aunque terminó oficialmente el lunes 7.
Corralito: es la jaulita donde se coloca a los bebés, y también una valla para ganado. Allí sienten los argentinos que encerraron sus ahorros desde diciembre, cuando el Estado restringió los movimientos de dinero.
Default: espantajo con el que amenazaban al ex presidente De la Rúa y al ex ministro Cavallo para criticar sus medidas económicas.
Déficit cero: utopía que intentó Domingo Cavallo con medidas draconianas como el corralito, y a la que aspira el actual gabinete.Terminar con la corrupción generalizada sería de gran ayuda, aunque no se hace casi nada al respecto.
«Déme dos»: durante la dictadura militar, con Cavallo como presidente del Banco Central, la sobre valoración del peso llevó a un consumo excesivo y los argentinos se ganaron ese apodo en el extranjero.
Escrache: forma de protesta muy usada para delatar a antiguos represores o funcionarios en su domicilio. En la calle algunos se refieren a Eduardo Duhalde como «el rey de la farlopa», por su presunto vínculo con el mundo del narcotráfico. Los hubo hace poco en la casa del ex ministro Cavallo y en la Casa Rosada.
Feriados bancarios o cambiarios: Jornadas en que los bancos no operan o no cambian moneda, impuestas por el presidente Eduardo Duhalde desde que asumió el poder.
Fundido: bancarrota. Así se refirió el actual presidente argentino a la situación económica en la que ha encontrado el país.
Gardelito: apodo del presidente relámpago Adolfo Rodríguez Saá, por su eterna sonrisa.
Lecop: bonos emitidos por el Banco Central sin respaldo monetario.Se usan para pagar a funcionarios.
«Los Intocables»: Carlos Menem, la Corte Suprema, la cúpula sindical, diputados y senadores, todos ellos acusados de corrupción.
Ñoquis: funcionarios que sólo acuden a la oficina en día de cobro.
Patacones: bonos similares a los Lecop y más extendidos, que emite la provincia de Buenos Aires.
Pesificar: traducir las deudas en dólares a pesos.
Remarcar: el miedo a la hiperinflación ha llevado a muchos comerciantes a aumentar los precios hasta un 60%.
Riesgo país: Cifra que indica si un país es inseguro para invertir, según calificadoras internacionales. En 2001 Argentina encabezó esa lista.